Roberto vivía al lado de casa. Tenía como veinte años y yo diez.
Era serio, no de esos que no se ríen, pero hablaba poco. Cuando hablaba, uno sentía que había pensado antes cada palabra.
Todas las tardes, o casi todas, lo veía salir de su casa con una bicicleta roja. No era una bicicleta nueva. Tenía el asiento algo gastado, el manubrio un poco torcido y un guardabarros que hacía ruido cuando pasaba por los pozos de la calle. Pero para mí era hermosa.
Yo solía estar sentado en el cordón de la vereda cuando él salía.
—¿Adónde vas, Roberto? —le preguntaba.
Él se acomodaba el pantalón, le ponía un palillo a la pierna derecha apoyaba un pie en el pedal y sonreía.
—A dar una vuelta.
—Siempre das vueltas.
—Es que el barrio es grande si uno lo mira bien.
Yo no entendía mucho eso. Para mí el barrio tenía la panadería, la escuela, la cancha, el almacén de la esquina y algunas casas donde vivían mis amigos,los buenos vecinos y los que según mi madre mas valía perderlos que encontrarlos. Pero Roberto decía esas cosas como si el barrio escondiera otro mapa.
A veces no se iba enseguida. Se quedaba un rato conmigo, con la bicicleta entre las piernas, mirando hacia la calle.
—¿Y vos? —me preguntaba—. ¿Qué hiciste hoy?
—Nada.
— ¿Nada?Algo habrás hecho.
—Fui a la escuela.
—Eso no es nada.
—La maestra me puso un bien.
—Entonces hiciste bastante.
Yo me encogía de hombros. No sabía por qué a él le importaba si me iba bien o mal en la escuela. En casa también preguntaban, claro, pero Roberto lo hacía distinto. No parecía preguntar para controlarme. Preguntaba como si mi día, aunque fuera chico, tuviera importancia.
Una tarde me encontró tratando de arreglar una rueda de mi monopatín de madera. Se había salido el clavo que aguantaba el rulemán y yo estaba furioso. Le daba golpes con una piedra, pero cada golpe lo torcía más.
—Así lo vas a matar —me dijo riéndose
—Ya está muerto.
Roberto se agachó a mi lado.
—A ver.
Sacó del bolsillo una navajita, fue a buscar un pedazo de alambre y no sé de dónde sacó tanta paciencia. Eso fue lo que más me llamó la atención: la paciencia. Estuvo un buen rato acomodando la rueda, probando, aflojando, volviendo a apretar.
—No hay que pegarle a lo que está roto —me dijo—. Primero hay que mirar por qué se rompió.
Yo me quedé callado.
—¿Y si se rompe porque es malo? —pregunté.
Roberto largó una risa .
—Las cosas no son malas. A veces están mal hechas. A veces las usan demasiado. A veces nadie las cuida.
Me devolvió el monopatín y la rueda giró.
—Ahí está. No andarás a cien kilómetros, pero anda, te puede llevar adonde quieras.
—Gracias.
—No me lo agradezcas. Después vos arreglale algo a otro.
Más tarde entendí que algunas personas hacen como Roberto: no dan discursos, te muestran una forma de estar en el mundo.
En mi casa se hablaba de él a media voz. No siempre, pero a veces. Cuando yo entraba a la cocina, las conversaciones cambiaban de golpe. Un día escuche algo que ni mi tía ni mi madre se dieron cuenta.
—Roberto anda en cosas —decía la tía.
—Es buen muchacho —contestaba mi madre.
—Sí, pero estos tiempos no están para andar llamando la atención.
Yo no preguntaba. Los niños aprenden rápido cuándo una pregunta molesta. Pero igual veía cosas. Veía su bicicleta roja apoyada contra la pared, veía sus zapatos con barro, veía la bolsita de tela que llevaba cruzada al hombro algunas tardes. Veía también cómo algunos vecinos lo saludaban con respeto, y otros apenas levantaban la mano, como con miedo de saludar demasiado.
Un día lo vi sentado en el murito que separaba nuestras casas. No tenía la bicicleta. Eso me pareció raro.
—¿No salís hoy? —le pregunté.
—Hoy no.
—¿Estás enfermo?
—No. Estoy pensando.
Me senté a su lado. No dije nada, porque cuando un grande decía que estaba pensando, uno no sabía si podía interrumpir.
Después de un rato me preguntó:
—¿A vos te parece justo que algunos gurises tengan zapatos nuevos y otros vayan con los dedos para afuera?
Yo miré mis championes. No eran nuevos, pero no estaban rotos.
—No sé.
—Está bien que no sepas, todavía sos chico para algunas cosas.
—¿Y a vos?
—A mí me parece que no.
—¿Y por qué pasa? —pregunté.
Roberto miró hacia la calle.
—Porque el mundo está hecho de una manera que deja a muchos afuera.
Yo imaginé el mundo como una casa grande, con gente golpeando la puerta desde afuera. Esa imagen me quedó mucho tiempo.
—¿Y se puede abrir la puerta?
Él me miró y sonrió apenas.
—Para eso estamos algunos.
No dijo más. Yo tampoco.
Las tardes siguieron. La bicicleta roja siguió saliendo. A veces Roberto me traía un bizcocho que le había sobrado de no sé dónde. A veces me preguntaba si estaba leyendo algo. Una vez, cuando me vio medio resfriado, me tocó la frente con la mano.
—¿Andás mal de salud? —me preguntó.
—Un poco nomás.
—Entonces hoy no corras tanto.
—¿Y vos no corrés cuando salís?
Roberto sonrió.
—A veces sí. Pero hay que cuidarse también. Uno tiene que estar bien para poder vivir con ganas.
Yo no entendí del todo esa frase, pero me gustó cómo sonaba. Para vivir con ganas. Me pareció una cosa que siempre dicen los grandes. Era como si vivir no fuera solo levantarse, comer, ir a la escuela y dormir, sino hacer algo con todo eso.
Una vez me prestó un libro finito, con las tapas gastadas.
—No sé si lo voy a entender —le dije.
—No importa. Leé lo que puedas.
—¿Y lo que no entienda?
—Lo dejás esperando. A veces uno entiende después.
Esa frase me molestó un poco. Yo quería entender en el momento, como en la escuela, cuando dos más dos eran cuatro y se terminaba el problema. Pero con Roberto las cosas no se terminaban. Quedaban dando vueltas.
Una tarde, antes de irse, me llamó desde la vereda.
—Vení.
Fui corriendo.
—Te voy a enseñar una cosa.
Pensé que me iba a dejar andar en la bicicleta roja. Pero no. Me mostró cómo ajustar la cadena.
—Cuando se sale, no hay que desesperarse —dijo—. Mirá. Se vuelve a poner en el lugar, despacio. Si tirás fuerte, te lastimás los dedos.
Tenía las manos manchadas de grasa. Yo miraba atento.
—¿Ves?
—Sí.
—Bueno. Con algunas cosas de la vida es parecido.
—¿Con qué cosas?
—Con las que se salen de lugar.
Yo hice una mueca.
—Vos hablás raro, decís cosas que no se entienden
Roberto se rió.
—Puede ser.
Después se fue pedaleando despacio, hasta doblar la esquina. La bicicleta hizo el ruido de siempre.
Por un tiempo no lo vi. Muchas veces le pregunté a mi tía por Roberto, pero ella siempre me respondía: “No sé”, y apartaba la mirada.
Una tarde estaba en la vereda y vi salir a Roberto de su casa. Estaba más flaco, parecía triste. Esta vez no llevaba la bicicleta roja, sino un bolso negro, pequeño. Eso me llamó la atención enseguida, porque Roberto casi siempre salía con su bicicleta. No sabía a dónde iba, pero sentí que esa tarde era distinta.
—¿Te vas? —le pregunté.
—Por un tiempo.
—¿A dar una vuelta?
Él me miró. Quiso sonreír, pero no le salió del todo.
—Sí. Una vuelta más larga.
—¿Y la bicicleta?
—Queda acá.
—¿Para mí?
—No. Para cuando vuelva.
Me dio una palmada suave en la cabeza. A mí ya no me gustaba que me hicieran eso, porque me parecía cosa de niño chico, pero esa vez no dije nada.
—Portate bien —me dijo.
—Vos también.
Roberto bajó la mirada, como si esa respuesta le hubiera llegado a un lugar que yo no conocía.
—Voy a tratar.
Lo vi caminar hasta la esquina. No iba rápido. Tampoco miraba para atrás. Yo no sabía qué estaba pasando, pero no sé por qué entré triste a casa.
Después vinieron las palabras difíciles. Argentina. Militancia. Compañeros. Detenido. Desaparecido.
Al principio pensé que desaparecido quería decir perdido. Me imaginaba a Roberto en alguna calle desconocida, buscando el camino de vuelta. Después entendí, de a poco, que los grandes usaban esa palabra porque había cosas más crueles que perderse.
La bicicleta roja quedó un tiempo apoyada en el fondo de su casa. Yo la veía desde mi patio. La lluvia le fue apagando el color. Las ruedas se desinflaron. El manubrio se oxidó. Pero para mí seguía siendo la bicicleta de Roberto, la de las tardes, la de las vueltas por un barrio que él veía más grande que todos nosotros.
Muchos años después comprendí que aquellas charlas, tan simples, no eran simples. Que cuando me arregló el monopatín me estaba enseñando algo más que a poner una rueda. Que cuando me habló de los gurises con los dedos afuera de los zapatos, me estaba mostrando una injusticia sin ponerme encima un discurso. Que cuando dijo que algunos andaban tratando de abrir la puerta, hablaba de una lucha que yo todavía no podía entender.
Yo tenía diez años y no sabía quién era del todo mi primo. Sabía que vivía al lado, que tenía una bicicleta roja, que hablaba raro a veces, que preguntaba por mi escuela y por mi salud, que arreglaba cosas rotas con sus manos y que salía casi todas las tardes.
Ahora pienso que tal vez un niño no necesita entenderlo todo para guardar lo importante.
Roberto no volvió.
Pero cada vez que recuerdo aquella bicicleta roja doblando la esquina, no lo veo yéndose. Lo veo todavía en movimiento, pedaleando hacia ese otro mundo que él, sin decirlo demasiado, ya había empezado a construir.
Y siento nostalgia. Es una nostalgia que todavía pregunta, que todavía mira hacia la esquina, como si en cualquier momento pudiera aparecer Roberto, con las manos manchadas de grasa, el bolso al hombro o la bicicleta roja, volviendo por fin a casa.